La gobernabilidad comprada y el despertar del bloque popular

La gobernabilidad comprada y el despertar del bloque popular

Por Martin Moreira Miembro de la Red Boliviana de Economía Política Más allá de las interpretaciones sobre los bloqueos y las disputas políticas del

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Por Martin Moreira
Miembro de la Red Boliviana de Economía Política

Más allá de las interpretaciones sobre los bloqueos y las disputas políticas del momento, los 54 días de movilización dejaron una certeza difícil de ignorar: Bolivia atraviesa una profunda crisis de representación y gobernabilidad. Las protestas no solo expresaron el malestar acumulado de amplios sectores populares, sino que también expusieron las debilidades de un sistema político incapaz de generar respuestas duraderas a los problemas estructurales del país. En ese escenario, la existencia de un bloque popular dispuesto a resistir se convierte en un factor decisivo para comprender los desafíos que se avecinan en una economía cada vez más tensionada y en una sociedad que comienza a cuestionar con mayor fuerza el rumbo de quienes ejercen el poder.

Durante más de cincuenta días Bolivia vivió una de las etapas de movilización social más intensas de los últimos años. Mientras algunos intentaron reducir el conflicto a una simple acción de grupos radicales, mientras otros recurrieron al discurso fácil del «terrorismo», del «narcotráfico» o del «evismo», la realidad terminó mostrando algo mucho más profundo: en Bolivia existe un bloque popular con capacidad de resistencia, organización y movilización.

Los 54 días de bloqueo dejaron al descubierto una verdad que muchos analistas se niegan a reconocer. Existe un sujeto social que no desapareció con los cambios de gobierno ni con las disputas electorales. Existe un pueblo organizado que, pese a la persecución mediática, las campañas de desprestigio y los prejuicios raciales que aún sobreviven en nuestra sociedad, fue capaz de sostener una lucha prolongada y convertirse nuevamente en un actor central de la política nacional.

Sin embargo, reconocer la existencia de este bloque popular no significa idealizarlo. La experiencia también mostró sus debilidades. Le falta madurez política, le falta mayor formación ideológica y le falta construir liderazgos capaces de interpretar las nuevas contradicciones del país. Sobre todo, necesita liberarse de una enfermedad que ha corroído históricamente a las organizaciones sociales bolivianas: el prebendalismo.

Sería un error creer que esta práctica nació con el MAS. El prebendalismo tiene raíces mucho más profundas. Viene de la vieja cultura política nacionalista, de las dictaduras que compraron conciencias para desactivar resistencias, de las traiciones sindicales que marcaron episodios oscuros de nuestra historia, de los pactos que durante décadas buscaron convertir a los movimientos sociales en simples administradores de favores estatales.

La relocalización minera, la aplicación del Decreto 21060, los acuerdos entre élites políticas y dirigencias cooptadas, las masacres que sufrieron trabajadores y campesinos durante distintos gobiernos, son parte de una larga historia donde la fragmentación y la compra de voluntades fueron utilizadas para debilitar la capacidad de lucha popular.

El proceso de cambio tampoco logró escapar completamente de esta lógica. Aunque surgió de las grandes luchas por el agua, el gas y la recuperación de los recursos naturales, con el paso del tiempo muchas organizaciones comenzaron a sustituir la movilización consciente por la negociación permanente de espacios, cargos y beneficios. La construcción de poder popular fue cediendo terreno ante la administración de cuotas.

Ese deterioro tuvo consecuencias. La distancia entre las bases y el Estado comenzó a crecer. Se rompieron puentes fundamentales entre la estructura gubernamental y los sectores que habían impulsado las transformaciones. Esa desconexión abrió espacios para la crisis política que posteriormente desembocó en el golpe de Estado y en una etapa de profunda fragmentación social.

Los años posteriores no corrigieron completamente ese problema. La lógica prebendal continuó reproduciéndose bajo distintas formas y distintos actores. Lo que cambió fue la magnitud de la crisis económica y la creciente incapacidad del sistema político para responder a las demandas de la población.

Por eso los 54 días de movilización deben ser entendidos como algo más importante que una simple protesta coyuntural. Constituyen una advertencia política. Demuestran que existe una reserva social dispuesta a movilizarse cuando percibe amenazas contra sus condiciones de vida, contra los recursos estratégicos del país o contra la soberanía nacional.

También dejaron en evidencia la fragilidad del actual escenario político. Un gobierno debilitado, cuestionado desde diversos sectores y con escasa capacidad de generar consensos duraderos enfrenta un contexto económico cada vez más complejo. Los problemas estructurales no han desaparecido. Por el contrario, siguen acumulándose.

La gran pregunta es qué ocurrirá cuando lleguen nuevas medidas de ajuste. ¿Qué sucederá cuando se intenten trasladar los costos de la crisis a los trabajadores, a los campesinos y a las clases populares? ¿Qué pasará con los precios de los combustibles, la energía, los alimentos y los servicios básicos? ¿Aceptará el pueblo una nueva etapa de sacrificios mientras otros continúan acumulando privilegios?

Los 54 días han dejado una respuesta parcial. El bloque popular existe. Está vivo. Tiene contradicciones, errores y limitaciones, pero existe. La tarea pendiente es otra: superar el prebendalismo, construir una nueva conciencia política y encontrar liderazgos capaces de articular un proyecto nacional que vaya más allá de las disputas coyunturales.

La historia reciente demuestra que los pueblos pueden resistir durante semanas e incluso meses. Lo difícil es transformar esa resistencia en una propuesta política capaz de cambiar el rumbo del país. Esa es la verdadera batalla que comienza ahora. Y será esa batalla la que determine si los 54 días fueron solamente un episodio de protesta o el inicio de una nueva etapa en la reconstrucción del movimiento popular boliviano.

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