Por Martin Moreira Forma parte de la Red Boliviana de Economía Política Bajo el discurso de estabilidad y diálogo, la conferencia de Rodrigo Paz d
Por Martin Moreira
Forma parte de la Red Boliviana de Economía Política
Bajo el discurso de estabilidad y diálogo, la conferencia de Rodrigo Paz dejó más dudas que certezas. Sin respuestas claras sobre la deuda externa, el destino de los nuevos créditos y el deterioro económico que vive el país, el gobierno volvió a apostar por un relato optimista que contrasta con la realidad de las calles, donde la incertidumbre, el malestar social y la presión sobre los hogares bolivianos continúan creciendo.
La más reciente conferencia de prensa de Rodrigo Paz dejó una sensación cada vez más repetida en la ciudadanía: muchas palabras, pocas respuestas y ninguna señal concreta sobre el verdadero tamaño de la crisis económica que atraviesa el país. Mientras las calles continúan tensionadas, los precios siguen golpeando el bolsillo y la incertidumbre domina a miles de familias, el mandatario volvió a mostrarse tibio, evasivo y más preocupado por administrar el relato político que por explicar el rumbo real de Bolivia.
El país esperaba respuestas claras. Bolivia quería escuchar qué sucederá con los más de 3.300 millones de dólares vinculados al Fondo Monetario Internacional, bajo qué condiciones llegará ese dinero y cuál será el costo político y económico que deberán asumir las futuras generaciones. Sin embargo, Rodrigo Paz evitó profundizar en ello. No explicó si esos recursos ingresarán al Tesoro General de la Nación para cubrir gasto corriente, si serán utilizados para estabilizar reservas o simplemente para ganar tiempo frente a una economía debilitada por la falta de dólares y la creciente presión social.
Tampoco hubo claridad sobre los mil millones de dólares obtenidos mediante bonos soberanos ni sobre el nuevo endeudamiento que, según diferentes proyecciones, podría superar los 8.000 millones de dólares adicionales provenientes de organismos financieros internacionales. En cualquier economía seria, un nivel de endeudamiento de esta magnitud exige transparencia, planificación y rendición de cuentas. Pero en Bolivia, el gobierno parece creer que basta con discursos optimistas y conferencias extensas para disipar las dudas.
Más preocupante aún fue el vacío absoluto sobre un verdadero plan económico estructural. Rodrigo Paz habló de diálogo, de apertura y de consejos sociales, pero no explicó cómo se reactivará la producción, cómo se estabilizará el mercado interno ni cómo se recuperará la confianza en la moneda nacional. El ciudadano común no vive de discursos; vive de precios, salarios y oportunidades. Y hoy la realidad muestra que los alimentos continúan encarecidos, los medicamentos siguen inaccesibles para muchos hogares y el costo de vida no deja de aumentar.
El presidente afirmó que no habrá tarifazos ni incremento en combustibles, energía eléctrica o gas. Una declaración que ahora se convierte en compromiso político directo. Si el gobierno sostiene que la economía está estabilizada y que el dólar ha reducido su presión, entonces el país esperará consecuencias reales de esa supuesta estabilidad. Porque si el Ejecutivo insiste en afirmar que la crisis está contenida, también tendrá que explicar por qué los mercados continúan funcionando bajo parámetros de incertidumbre y especulación.
Otro punto polémico fue el llamado “Consejo Social” anunciado por el mandatario. La idea podría ser positiva si realmente buscara democratizar las decisiones del Estado; sin embargo, existe el temor de que termine convirtiéndose en otro espacio controlado políticamente, donde participen únicamente sectores afines al gobierno y se excluya a voces críticas. Un verdadero diálogo nacional no puede construirse seleccionando interlocutores convenientes. Debe incorporar a todos los sectores sociales, económicos, regionales y políticos, especialmente a quienes hoy expresan su descontento en las calles.
Y ahí estuvo quizás el mayor error político de la conferencia: Rodrigo Paz no habló para los movilizados. No intentó tender puentes. No reconoció el malestar social ni la desesperación económica que viven miles de bolivianos. Prefirió calificarlos indirectamente como vándalos, una narrativa peligrosa en momentos donde el país necesita reconciliación y no confrontación permanente. Cuando un gobierno pierde la capacidad de escuchar el descontento ciudadano, comienza también a perder legitimidad moral frente a la población.
A esto se suma la creciente molestia por decisiones estratégicas como el Decreto 5598, cuestionado por sectores que consideran que abre puertas a una privatización indirecta de excedentes energéticos de ENDE. En un contexto donde Bolivia necesita desesperadamente generar divisas, la ciudadanía espera que los recursos estratégicos sirvan para fortalecer al Estado y no para profundizar dudas sobre el manejo de empresas públicas.
La conferencia también dejó abierta otra interrogante inevitable: ¿habrá cambios en el gabinete? Porque si algo quedó demostrado en estos meses es que existe un desgaste evidente en varios ministerios. La crisis de combustibles, las denuncias sobre sobreprecios, los problemas logísticos y la falta de respuestas oportunas han deteriorado la imagen de un equipo de gobierno que parece reaccionar siempre tarde y sin coordinación.
Bolivia no necesita únicamente anuncios. Necesita conducción política, transparencia económica y liderazgo real. El problema de Rodrigo Paz no es solamente la falta de resultados; es la creciente percepción de que el gobierno intenta administrar la crisis mediante discursos ambiguos mientras evita enfrentar los temas de fondo.
Hoy el país demanda algo más que promesas. Demanda certezas. Porque cuando la economía tambalea y la confianza social se erosiona, las palabras dejan de ser suficientes. Y si las promesas anunciadas en esta conferencia no se cumplen —si no bajan los precios, si aparecen nuevos tarifazos o si el diálogo vuelve a convertirse en un mecanismo excluyente— entonces esta intervención presidencial será recordada no como un punto de inflexión, sino como otro episodio de desconexión entre el poder y la realidad que viven los bolivianos.


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