Por: Evaristo Paramo Miembro de «Los Invisibles en Pie». Colectivo de conciencia social En las últimas décadas, los vientos liberales han atrave
Por: Evaristo Paramo
Miembro de «Los Invisibles en Pie». Colectivo de conciencia social
En las últimas décadas, los vientos liberales han atravesado América Latina con un discurso de eficiencia, modernización y libertad de mercado que, en la práctica, dejó profundas grietas sociales en países como Argentina, Ecuador y Bolivia. Reformas laborales que debilitan derechos conquistados, ajustes económicos condicionados por el Fondo Monetario Inetrnacional (FMI), inflación asfixiante, endeudamiento externo, denuncias de corrupción y crecimiento alarmante de la pobreza componen un panorama donde las mayorías cargan con el costo de decisiones que favorecen a minorías privilegiadas. Frente a gobiernos que priorizan el mercado por sobre la dignidad humana y tensionan los límites de la Constitución y las leyes, emerge una memoria colectiva que no se resigna, porque “tenemos memoria, tenemos amigos” y más de cien motivos para no aceptar que el liberalismo sea el único horizonte posible, sino un modelo que debe ser cuestionado y superado desde la conciencia histórica, la organización popular y la defensa firme de la justicia social.
Los vientos liberales han soplado con fuerza en América Latina, prometiendo modernización, eficiencia y prosperidad. Sin embargo, cuando se observa la realidad concreta de países como Argentina, Ecuador y Bolivia, el relato se agrieta y deja ver una trama de desigualdad, ajuste y privilegios para unos pocos.
En Argentina, la llamada reforma laboral fue presentada como la llave para generar empleo y atraer inversiones. Pero para amplios sectores populares significó precarización, pérdida de derechos conquistados y debilitamiento del poder sindical. A esto se sumó una inflación persistente que pulverizó salarios y jubilaciones, mientras el crecimiento espantoso de la pobreza transformó la vida cotidiana en una carrera de supervivencia. El liberalismo económico prometía libertad de mercado; lo que muchos vivieron fue la libertad del capital para avanzar sobre el trabajo.
En Ecuador, el ajuste económico impulsado bajo acuerdos con el Fondo Monetario Inetrnacional (FMI) marcó un punto de quiebre. El endeudamiento externo se convirtió en argumento para recortar subsidios, reducir el gasto social y flexibilizar normas laborales. Las protestas sociales que emergieron como respuesta fueron reprimidas con violencia, dejando heridas abiertas en la memoria colectiva. El endeudamiento no solo trajo cifras en rojo, sino también más pobreza, más exclusión y un escenario donde la violencia y el narcotráfico encontraron terreno fértil. Cuando el Estado se retira de los barrios y del campo, otros poderes ocupan ese vacío.
En Bolivia, las denuncias alrededor de figuras como Rodrigo Paz Pereira y los escándalos asociados a corrupción, narcotráfico, contrabando de combustible y sobreprecios en recursos estratégicos como el petróleo alimentaron la percepción de un sistema donde el favoritismo hacia las élites económicas se impone sobre el interés general. Las “32 maletas”, la gasolina sucia y los contratos cuestionados no son solo anécdotas: simbolizan un modelo donde el poder político y el poder económico se entrelazan, mientras las mayorías cargan con las consecuencias.
El hilo conductor en estos escenarios es un proyecto que prioriza el equilibrio fiscal por encima de la justicia social, que habla de competitividad mientras naturaliza el hambre, y que invoca la institucionalidad mientras se burla de la Constitución y de las leyes cuando estas estorban a los intereses dominantes. Se construye un discurso que responsabiliza al pobre de su pobreza, al trabajador de la falta de empleo, y al Estado de todos los males, excepto cuando se trata de rescatar bancos o garantizar ganancias privadas.
Frente a ello, la conciencia histórica se vuelve una herramienta de resistencia. Tenemos memoria. Tenemos amigos. Tenemos los trenes, la risa y los bares; la duda y la fe; urgencias y amores que matan. Tenemos cenizas de revoluciones y el orgullo de quienes no se resignan. Más de cien palabras y más de cien motivos para no rendirnos, para no aceptar que la única salida es el ajuste perpetuo y la desigualdad como destino.
Tenemos el lujo de no querer hambre para nadie. Tenemos talones de Aquiles, pero también la capacidad de aprender de los naufragios. Tenemos poetas y canallas, Quijotes y Sanchos, heridas y medallas. Y sobre todo, tenemos la convicción de que la historia no está escrita de una vez y para siempre.
Vencer el liberalismo no significa negar la libertad, sino rescatarla de su secuestro por los mercados. Significa recuperar la política como herramienta de transformación colectiva, poner la economía al servicio de la vida y no la vida al servicio de la economía. Desde la memoria, desde los barrios, desde las universidades y los sindicatos, desde las plazas y los libros, se construye una alternativa.
Porque hay más de cien motivos para no cortarse de un tajo las venas, y más de cien pupilas donde vernos vivos. La tarea es convertir esa memoria en


COMMENTS