Por: Martin Moreira Forma Parte de la Red de Economía Política Boliviana La cena está servida, pero no todos parecen dispuestos —ni preparados—
Por: Martin Moreira
Forma Parte de la Red de Economía Política Boliviana
La cena está servida, pero no todos parecen dispuestos —ni preparados— para ocupar su lugar en la mesa. Mientras el gobierno de Rodrigo Paz se desgasta aceleradamente y abre una oportunidad política evidente, el llamado bloque popular enfrenta su propio dilema: capitalizar el descontento o quedar paralizado por la falta de renovación, liderazgo y propuesta. En ese vacío, figuras como Tuto Quiroga avanzan con claridad estratégica, disputando un terreno que otros dejan libre. La crisis no solo expone las debilidades del oficialismo, sino también la incapacidad de quienes deberían articular una alternativa sólida para el país.
El escenario político boliviano atraviesa un momento de alta tensión. Mientras el expresidente Jorge Tuto Quiroga se posiciona estratégicamente con miras a una eventual disputa por el poder, el actual gobierno encabezado por Rodrigo Paz enfrenta un creciente desgaste en sus primeros meses de gestión.
Un reciente sondeo ciudadano realizado por la consultora Coolosa refleja con claridad el clima de descontento. A poco más de cuatro meses de gobierno, el 62% de la población desaprueba la gestión presidencial, frente a un 27% que la respalda y un 11% que aún no define su posición. Estos datos consolidan una tendencia preocupante para el oficialismo: la pérdida acelerada de confianza.
Desconfianza y crisis económica
La percepción general del país también es negativa. Un 68% de los encuestados considera que Bolivia va por mal camino, mientras que solo el 31% cree que se avanza en la dirección correcta. A esto se suma un dato aún más crítico: el 81% de la ciudadanía afirma tener poca o ninguna confianza en el gobierno.
En el ámbito económico, la situación no es mejor. Más de la mitad de los consultados (54%) asegura que su situación ha empeorado. Las críticas apuntan directamente a la conducción económica, cuestionando la capacidad del equipo liderado por Gabriel Espinoza, señalado por su falta de resultados frente a una coyuntura marcada por el endeudamiento creciente y la ausencia de perspectivas claras.
También se suma el rol de José Luis Lupo, cuya gestión es percibida como errática y sin rumbo, profundizando la incertidumbre económica del país. En paralelo, el gobierno de Rodrigo Paz da señales de descomposición acelerada, con una administración que parece despedazarse en apenas cinco meses de gestión.
Señalamientos de corrupción y desorden institucional
El malestar ciudadano no se limita a la economía. Diversas denuncias sobre presuntos sobreprecios en la importación de diésel y petróleo, así como el supuesto favorecimiento a traders transnacionales como Trafigura y Vitol, han profundizado la crisis de credibilidad del gobierno.
A ello se suman problemas en el abastecimiento y la calidad de la gasolina —calificada por algunos sectores como “basura”— que habría afectado a más de un millón de vehículos. Además, persisten acusaciones de presuntos vínculos con el narcotráfico, como el caso de las 32 maletas y el hallazgo de madera en la frontera con Chile impregnada con cocaína. Según especulaciones versiones, estos hechos estarían relacionados con círculos cercanos al poder, incluyendo a la familia de Justiniano.
En conjunto, estos hechos han agravado la percepción de un gobierno cuestionado y debilitado frente a la opinión pública.
A ello se suman cuestionamientos por nepotismo dentro de la estructura estatal, particularmente en torno a la familia Medinacelli y su presencia en distintos niveles de poder, lo que ha reforzado la percepción de un Estado capturado por intereses particulares.
Asimismo, las designaciones dentro del gobierno son duramente criticadas por responder más a vínculos personales y familiares que a criterios de mérito profesional. Las conexiones entre autoridades, familiares y círculos políticos cercanos alimentan la idea de una administración cerrada y poco transparente.
En conjunto, estos factores configuran la imagen de un gobierno desordenado, sin dirección clara y profundamente cuestionado por la ciudadanía. En este contexto, figuras como Rodrigo Paz son señaladas por una supuesta falta de coherencia, formación y visión de país, lo que contribuye a la sensación de improvisación en la gestión pública.
La oposición se reorganiza
Mientras el gobierno enfrenta estas dificultades, Jorge Tuto Quiroga comienza a moverse con mayor visibilidad en el escenario político, buscando capitalizar el descontento social. Su posicionamiento genera preocupación en sectores que advierten sobre una posible arremetida de la ultraderecha en Bolivia.
Frente a ello, distintos actores del denominado “bloque popular” plantean la necesidad urgente de reorganización y formación de nuevos liderazgos capaces de enfrentar este escenario y ofrecer una alternativa sólida al país.
Un inicio turbulento
El balance de los primeros meses del gobierno es contundente: alta desaprobación, baja confianza y una percepción económica negativa. La gestión de Rodrigo Paz inicia marcada por conflictos internos, cuestionamientos éticos y una creciente presión social.
En este tablero complejo, Bolivia se encuentra en una encrucijada donde la crisis de gobernabilidad y la disputa política definirán el rumbo inmediato del país.


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