El miedo como herramienta económica: una lectura sobre la crisis boliviana

El miedo como herramienta económica: una lectura sobre la crisis boliviana

Por Martin Moreira Miembro de la Red Boliviana de Economía Política Antes una crisis exclusivamente económica, Bolivia también atraviesa una crisis

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Por Martin Moreira
Miembro de la Red Boliviana de Economía Política

Antes una crisis exclusivamente económica, Bolivia también atraviesa una crisis de confianza, donde el miedo se ha convertido en el principal factor que condiciona las decisiones políticas, económicas y sociales. En este contexto, la declaración del estado de excepción constituye un elemento más de una coyuntura marcada por la incertidumbre, la escasez y la tensión social, reforzando la percepción de que el país enfrenta una situación extraordinaria. Desde la perspectiva del filósofo Slavoj Žižek, el miedo no solo es una reacción colectiva frente a la crisis, sino también un mecanismo mediante el cual se legitiman determinadas políticas económicas y se presentan como inevitables medidas de ajuste, privatización y sacrificio social. Así, el verdadero debate no gira únicamente en torno al estado de excepción, sino sobre cómo el temor termina moldeando el consenso político y haciendo aceptable aquello que, en circunstancias normales, encontraría una fuerte resistencia ciudadana.

Durante décadas, el pensamiento económico liberal ha sostenido que las crisis se resuelven mediante el ajuste fiscal, la reducción del gasto público, la privatización de activos estatales y la liberalización de los mercados. El argumento parece simple: el sacrificio presente garantizará la prosperidad futura. Sin embargo, detrás de esa narrativa existe una dimensión filosófica que el pensador esloveno Slavoj Žižek ha descrito como el funcionamiento de la ideología: un sistema de ideas que logra presentar decisiones políticas como si fueran inevitables y naturales.

En Bolivia, esta lógica reaparece con fuerza cada vez que la economía enfrenta dificultades. Se afirma que el pueblo debe aceptar mayores precios, pérdida del poder adquisitivo, desempleo y reducción del Estado porque «no existe otra alternativa». El ajuste deja de ser una decisión política para convertirse en un supuesto imperativo técnico. La ideología cumple así su función: convencer a la sociedad de que el sufrimiento colectivo es el único camino posible.

Žižek sostiene que el poder contemporáneo no gobierna únicamente mediante la fuerza, sino también administrando las emociones, especialmente el miedo. Una población temerosa acepta con mayor facilidad medidas que, en circunstancias normales, rechazaría. El miedo al desabastecimiento, a la inflación, a la devaluación o al desempleo termina debilitando la capacidad crítica de la sociedad y fortaleciendo la idea de que cualquier sacrificio es preferible al caos.

Ese fenómeno puede observarse en la Bolivia actual. La incertidumbre económica no solo afecta los indicadores macroeconómicos; transforma la conducta cotidiana de las personas. Familias que adelantan compras por temor al aumento de precios, comerciantes que especulan con el dólar, empresas que frenan inversiones y ciudadanos que acumulan bienes por miedo al futuro. La economía deja de responder únicamente a variables financieras y comienza a ser gobernada por expectativas, percepciones y emociones.

Paradójicamente, quienes defienden el ajuste suelen presentarlo como una muestra de responsabilidad técnica, mientras minimizan su impacto social. El costo humano —la reducción del consumo, el incremento de la pobreza, la pérdida del empleo y la precarización de amplios sectores— queda relegado frente a indicadores fiscales o financieros. Desde una perspectiva filosófica, esa forma de pensar convierte a las personas en simples variables de una ecuación económica.

Žižek plantea que el verdadero problema surge cuando la sociedad deja de imaginar alternativas. La repetición constante de que «no hay otra salida» elimina el debate democrático y clausura la posibilidad de construir soluciones diferentes. La política se reduce entonces a administrar resignación.

En ese contexto, la respuesta no puede basarse únicamente en cifras. Las crisis económicas también son crisis de sentido. La ciudadanía necesita instituciones capaces de generar confianza, transparencia y un horizonte compartido. Gobernar no consiste solamente en equilibrar balances; implica ofrecer certidumbre sin recurrir al miedo como mecanismo permanente de control.

Bolivia enfrenta desafíos complejos: restricciones externas, presión cambiaria, menor disponibilidad de divisas y desaceleración de la inversión. Sin embargo, ninguna de esas dificultades justifica que el costo del ajuste recaiga exclusivamente sobre la población más vulnerable. Una política económica sostenible requiere distribuir equitativamente los costos de la crisis y fortalecer la capacidad productiva antes que convertir el sacrificio social en una estrategia permanente.

Como advertiría Žižek, el peligro no reside únicamente en la crisis económica, sino en aceptar como inevitable un discurso que normaliza el sufrimiento colectivo. Cuando la ciudadanía deja de cuestionar ese relato, la ideología ha triunfado. Y cuando el miedo reemplaza al debate, la economía deja de ser un instrumento para mejorar la vida de las personas y se convierte en un mecanismo de administración de la incertidumbre.

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