Por: Martin Moreira Forma parte de la Red de Economía Política Bolivana El Bono PEPE, presentado por el Gobierno como una medida extraordinaria de
Por: Martin Moreira
Forma parte de la Red de Economía Política Bolivana
El Bono PEPE, presentado por el Gobierno como una medida extraordinaria de protección y equidad, pretende aliviar la situación de las familias más vulnerables, una situación que en gran parte ha sido provocada por las propias decisiones gubernamentales, como el levantamiento de subvenciones y los beneficios de perdonazo impositivo otorgados a grandes fortunas, favoreciendo a alrededor de 156 de los más ricos del país. Como intento de resarcimiento, se ofrece un bono que no guarda relación con la realidad económica de las familias bolivianas: una transferencia de Bs 150 mensuales durante tres meses. En un contexto marcado por el encarecimiento sostenido de los alimentos, el transporte y los servicios básicos, el bono se presenta más como un gesto simbólico que como una solución efectiva. Aunque existe, se paga y se anuncia con énfasis, su impacto real en la economía de los hogares es limitado, evidenciando la distancia entre el discurso oficial de protección social y la realidad cotidiana del costo de vida en Bolivia, mientras además se recurre al endeudamiento externo y al uso de recursos provenientes del ahorro de los jubilados.
A finales de enero, el Gobierno boliviano empezó el pago del denominado Bono PEPE (Programa Extraordinario de Protección y Equidad), presentado como una respuesta solidaria frente a la situación económica que atraviesan miles de familias vulnerables. El beneficio consiste en Bs 150 mensuales durante tres meses, alcanzando un total de Bs 450 por familia.
El financiamiento del programa proviene principalmente del Tesoro General de la Nación (TGN), con un presupuesto aproximado de Bs 2.000 millones, complementado —según anuncios oficiales— con posibles recursos externos del Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y aportes de la Gestora Pública. En términos fiscales, el esfuerzo no es menor. En términos domésticos, la historia es otra.
La pregunta inevitable surge sin rodeos:
¿este bono realmente protege a las familias o es solo un gesto simbólico cuidadosamente envuelto en discurso social?
La respuesta, desde la economía cotidiana de los hogares, resulta incómodamente clara: el Bono PEPE no es un alivio real.
Un bono desconectado del costo de vida actual
Sobre el papel, Bs 150 mensuales pueden parecer razonables. En el mercado, en cambio, apenas sobreviven unos días. Hoy esa cantidad alcanza, con suerte, para:
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algunos productos básicos por un corto periodo,
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transporte urbano durante una semana,
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o una compra mínima que se agota antes de que termine el mes.
Hablar de protección social con ese monto exige una dosis considerable de optimismo —o de distancia del mercado popular—, especialmente cuando los beneficiarios incluyen hogares con niños, adultos mayores y personas con discapacidad, precisamente los sectores con mayores gastos fijos.
La gran omisión: la pérdida del poder adquisitivo
El principal problema del Bono PEPE no es solo su monto, sino lo que ignora deliberadamente: la pérdida real del poder adquisitivo del boliviano.
Aunque el tipo de cambio oficial se mantiene estable, la economía cotidiana ya refleja otra realidad:
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escasez de dólares,
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mayores costos de importación,
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encarecimiento sostenido de alimentos e insumos básicos.
En términos reales, el boliviano ha perdido entre un 35% y un 50% de su capacidad de compra respecto a años anteriores. Traducido a lenguaje simple: Bs 150 hoy no valen lo mismo que Bs 150 hace uno o dos años. En poder adquisitivo, el bono se parece más a menos de Bs 100 del pasado, lo que lo convierte en un apoyo más simbólico que efectivo.
Un bono que no compensa, solo maquilla
El discurso oficial presenta al Bono PEPE como una política de protección social. En la práctica, funciona más como un parche político que como una respuesta estructural al empobrecimiento progresivo de los hogares.
No existe:
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actualización del monto según inflación,
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ajuste por pérdida del poder adquisitivo,
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ni diferenciación según tamaño del hogar o número de dependientes.
El resultado es un monto uniforme que trata realidades profundamente desiguales como si fueran idénticas, mientras se insiste en que el Estado está “protegiendo” a los más vulnerables. Una protección que, curiosamente, no alcanza para proteger ni la mitad del mes.
¿Cuánto debería ser el Bono PEPE para ser un alivio real?
Un análisis básico del contexto económico permite algunas conclusiones claras:
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Para mantener el poder de compra original, el bono debería ser al menos Bs 300 mensuales.
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Para cubrir gastos básicos reales (alimentos, transporte, insumos del hogar), debería situarse entre Bs 350 y Bs 400.
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Para representar un apoyo efectivo en un contexto de crisis, el monto debería acercarse a Bs 500 mensuales, aunque sea de forma temporal.
Cualquier cifra por debajo de Bs 300 no compensa la inflación ni la devaluación real que ya golpea a los hogares.
El riesgo de normalizar bonos insuficientes
Aceptar sin cuestionamiento bonos de montos mínimos implica un riesgo mayor: normalizar la precarización del apoyo social. Se instala la idea de que cualquier transferencia, por pequeña que sea, es suficiente, aunque no cambie en absoluto la situación económica de fondo.
Así, la política social corre el riesgo de convertirse en propaganda con recibo, mientras las familias siguen perdiendo capacidad de compra mes a mes.
El Bono PEPE no miente, pero tampoco dice toda la verdad
El Bono PEPE existe, se pagará y llegará a miles de hogares. Eso es cierto.
Lo que no es cierto es que represente un alivio real frente a la crisis económica que vive el país.
Con Bs 150 mensuales, el Estado no protege ingresos: apenas atenúa la incomodidad, sin enfrentar el problema central del encarecimiento de la vida.
Si el objetivo es realmente proteger a los sectores más vulnerables, el bono debe actualizarse, ampliarse y ajustarse a la realidad económica, no a una cifra políticamente cómoda.
Porque, al final, un bono que no alcanza no es protección: es ilusión.


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