Por: Martin Moreira Forma Parte de la Red de Economías Política Boliviana Venezuela es hoy el espejo en el que América Latina debe mirarse sin a
Por: Martin Moreira
Forma Parte de la Red de Economías Política Boliviana
Venezuela es hoy el espejo en el que América Latina debe mirarse sin autoengaños. Lo que allí ocurre no es un hecho aislado, sino una advertencia brutal de hasta dónde está dispuesto a llegar el imperialismo cuando un pueblo se niega a someterse. Frente a este escenario, Bolivia se encuentra ante una encrucijada histórica que no puede analizarse al margen de lo que sucede en la región. La soberanía, tantas veces invocada y tantas veces vaciada de contenido, deja de ser una consigna abstracta cuando el castigo imperial se ejecuta a plena luz del día. La pregunta se vuelve inevitable y profundamente incómoda: si no obedecemos al siervo de los yanquis que hoy ocupa la presidencia, ¿nos puede pasar lo mismo? ¿Seremos sacados de nuestras casas, perseguidos, torturados y silenciados, como en Irak, como en Palestina, como en Chile durante la dictadura, como hoy en Venezuela? Lo que ocurre en ese país demuestra que la defensa de la autodeterminación ya no es solo un acto de dignidad, sino una necesidad urgente de supervivencia política y social.
Durante años, las imágenes de países devastados por la guerra parecían pertenecer a un mundo lejano, casi ajeno. Libia, Irak, Siria, Palestina. Nombres que aparecían en los noticieros como escenarios exóticos del horror, como si la violencia imperial no tuviera la capacidad de cruzar océanos y aterrizar en nuestras propias tierras. Hoy, esa ilusión se desvanece.
Libia fue destruida tras la intervención de Estados Unidos y la OTAN bajo el falso pretexto de “proteger civiles”. El resultado fue el linchamiento y asesinato de Muamar Gadafi, la fragmentación del Estado y el saqueo de uno de los países con mayores reservas de petróleo y agua del mundo. No hubo democracia, hubo caos, milicias y esclavitud moderna.
Irak corrió la misma suerte. La mentira de las “armas de destrucción masiva” sirvió para justificar una invasión que dejó millones de muertos y permitió el control extranjero de su petróleo. Siria fue el siguiente laboratorio del terror: el uso de grupos como ISIS —financiados y tolerados por intereses occidentales— facilitó el robo sistemático de su crudo mientras el país era reducido a ruinas.
Y Palestina… Palestina sigue siendo el ejemplo más brutal del terrorismo de Estado contemporáneo. Un pueblo masacrado a plena luz del día, con la complicidad directa de Estados Unidos, mientras el mundo observa cómo se normaliza el exterminio.
Todo esto ocurría “fuera del continente”. O eso creíamos.
Hoy el imperialismo volvió a necesitar de los marines para bombardear Caracas porque ya no le resultó la fórmula de erigir líderes subordinados al poder norteamericano. Durante años gobernó a través de presidentes dóciles, firmadores de entregas, verdaderos gerentes coloniales con traje democrático. Javier Milei, en Argentina, ofrece su país como mercancía geopolítica a cambio de una foto y una firma en Washington. En Chile, las viejas y nuevas élites están dispuestas a regalar litio, cobre y agua a las transnacionales. Y hoy, en Venezuela, secuestran a un presidente a la vista de todo el mundo por resultarles incómodo, bombardean Caracas y se muestran dispuestos a desatar una represión sangrienta, dejando en evidencia hasta dónde llega la ceguera del poder yanqui cuando se trata de apropiarse de recursos naturales, en este caso el petróleo.
¿Y nosotros? Bolivia no está exenta. Cuando el poder real se ejerce desde afuera, los gobiernos locales se convierten en títeres. La soberanía se vacía de contenido y la protesta social se transforma en delito.
La pregunta es inevitable y profundamente incómoda:
si protestamos, ¿nos pasará lo mismo?
¿Seremos sacados de nuestras casas, perseguidos, torturados, silenciados, como en Irak, como en Palestina, como en Chile durante la dictadura, como hoy en Venezuela?
La historia reciente demuestra que cuando un pueblo no inclina la cabeza ante el imperio, la respuesta no es el diálogo: es la violencia, el golpe blando, el bloqueo, la criminalización, la guerra judicial o la represión directa. Los nuevos presidentes de la región actúan como perros guardianes del orden imperial, aplicando el castigo interno que antes venía desde afuera.
No se trata de paranoia, se trata de memoria histórica. El imperialismo no cambió, solo perfeccionó sus métodos. Ya no necesita invadir con tanques; ahora invade con decretos, tratados, deudas, medios de comunicación y fuerzas de seguridad locales.
La verdadera pregunta no es si somos vulnerables. Lo somos.
La pregunta es si aceptaremos el destino de Libia, Irak o Palestina en silencio, o si aprenderemos que la soberanía solo existe cuando los pueblos están organizados, conscientes y dispuestos a defenderla.
Porque la historia demuestra una verdad incómoda:
cuando el imperio avanza, la neutralidad no existe.
Y el silencio nunca protege a nadie.


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