Por Martin Moreira Miembro de la Red Boliviana de Economía Política Bolivia: entre la deuda, la inseguridad y las recetas importadas, la crisis no d
Bolivia: entre la deuda, la inseguridad y las recetas importadas, la crisis no da tregua. El Gobierno de Rodrigo Paz busca créditos, firma acuerdos internacionales y apuesta por medidas de corto plazo, mientras el dólar vuelve a superar los Bs 12, los alimentos presionan el bolsillo y el poder adquisitivo de los bolivianos sigue perdiendo terreno. La pregunta es inevitable: ¿dónde quedó la reactivación económica? Al parecer, mientras llegan los préstamos y se multiplican las recetas del FMI, la producción, el empleo y la mesa de los bolivianos siguen esperando su turno. Porque un país no sale de la crisis endeudándose indefinidamente ni endureciendo las medidas de seguridad, sino generando riqueza, garantizando alimentos y recuperando su capacidad productiva. Lo demás es administrar la incertidumbre y llamar solución a cada nuevo parche.
La economía boliviana vuelve a encender las señales de alerta en medio de una fuerte polarización política y de un escenario marcado por la incertidumbre. A la presión sobre el dólar se suma la caída de los bonos soberanos, el incremento de precios de algunos alimentos y el deterioro del poder adquisitivo de los hogares. Mientras tanto, el Gobierno de Rodrigo Paz enfrenta cuestionamientos por la orientación de sus políticas económicas y por los acuerdos internacionales que, según sus críticos, podrían comprometer la soberanía nacional.
Uno de los primeros indicadores que llama la atención es el comportamiento del dólar, que nuevamente habría superado los Bs 12. A esto se suma la fuerte caída de los bonos soberanos bolivianos, que, según las cifras mencionadas en el análisis, habría alcanzado entre el 60% y el 70%. Ambos fenómenos merecen atención, aunque es necesario precisar los períodos de comparación y los instrumentos financieros involucrados para dimensionar su impacto real sobre la economía nacional.
Al mismo tiempo, los precios de algunos alimentos continúan aumentando. Pese a las medidas de contención aplicadas en La Paz, la percepción de los consumidores es que el costo de vida sigue presionando sus ingresos. El problema no se limita a las cifras oficiales de inflación: también importa cuánto pueden comprar las familias con el dinero que reciben. Cuando los ingresos pierden capacidad de compra y los alimentos absorben una proporción cada vez mayor del presupuesto familiar, la economía cotidiana se deteriora, incluso cuando determinados indicadores muestran una moderación de los precios.
El problema de fondo es que las medidas coyunturales no necesariamente resuelven las dificultades estructurales. La contención temporal de algunos precios puede aliviar ciertas presiones, pero no sustituye una política económica capaz de recuperar la producción, generar empleo, fortalecer los ingresos y garantizar el abastecimiento. Una economía no se estabiliza únicamente con anuncios, créditos o medidas de emergencia: necesita generar las condiciones para que las familias produzcan, trabajen y consuman sin que cada compra se convierta en un nuevo problema.
A esta situación se suma la preocupación por la inseguridad. Desde marzo, según las denuncias y observaciones recogidas en el análisis, se habría producido una mayor visibilidad de hechos vinculados con el sicariato, el narcotráfico y la delincuencia. La percepción de una insuficiente respuesta policial alimenta la incertidumbre y plantea interrogantes sobre la capacidad del Estado para garantizar seguridad ciudadana.
La inseguridad también tiene consecuencias económicas. La inversión depende de múltiples factores, entre ellos la estabilidad institucional, las condiciones de financiamiento, la infraestructura, las perspectivas de rentabilidad y la seguridad jurídica. Cuando a estos elementos se agregan el temor a la delincuencia y la incertidumbre sobre las políticas públicas, el riesgo percibido puede aumentar y las decisiones de inversión pueden postergarse. Por eso, combatir el crimen no es solamente una tarea policial: también forma parte de las condiciones necesarias para sostener la actividad productiva.
En este contexto, los acuerdos internacionales impulsados por el Gobierno, entre ellos los vinculados con el denominado Escudo de las Américas, abren un debate sobre la soberanía, la cooperación en seguridad y sus posibles implicaciones políticas. Las preocupaciones sobre restricciones migratorias o medidas contra personas que protestan deben examinarse a partir de los términos concretos de los acuerdos y de las garantías legales aplicables. Sin embargo, la pregunta central permanece: ¿hasta qué punto estas iniciativas contribuyen a resolver los problemas económicos y sociales que afectan a la población?
La experiencia regional obliga a examinar con cuidado las promesas de los modelos de seguridad y ajuste económico. Las políticas aplicadas en países como Ecuador y El Salvador responden a contextos institucionales, sociales y económicos diferentes. Por ello, trasladar sus mecanismos a Bolivia sin una evaluación de las condiciones nacionales puede conducir a resultados distintos de los esperados. La seguridad ciudadana requiere respuestas efectivas, pero también instituciones sólidas, prevención, investigación criminal y respeto al marco legal.
En lugar de concentrar el debate exclusivamente en medidas de control y seguridad, resulta necesario discutir cómo responder al deterioro de las condiciones de vida. La precarización de la alimentación, el encarecimiento de los productos básicos y la pérdida de poder adquisitivo son problemas que necesitan respuestas concretas. La estabilidad económica debe medirse no solo por la evolución de los indicadores financieros, sino también por la posibilidad de que las familias accedan a alimentos, vivienda, transporte y servicios esenciales.
Otro aspecto preocupante es la falta de avances que el análisis identifica en sectores estratégicos como los hidrocarburos y la minería. Estas actividades son fundamentales para la generación de divisas, los ingresos fiscales y la capacidad del país para financiar sus importaciones. Sin una estrategia que fortalezca la producción, mejore la productividad y amplíe las fuentes de ingresos externos, la economía puede quedar más expuesta a las necesidades de financiamiento.
El Gobierno, mientras tanto, busca nuevos créditos para sostener sus obligaciones y atender las necesidades del país. El crédito no es, por sí mismo, un problema: puede financiar infraestructura, inversión productiva y proyectos capaces de generar retornos económicos. La dificultad aparece cuando el endeudamiento no se acompaña de una estrategia que permita pagarlo. En esas condiciones, los recursos obtenidos hoy pueden convertirse en mayores obligaciones futuras, reducir el margen de maniobra fiscal y trasladar el costo a la población.
La cuestión no es solamente cuánto dinero puede conseguir Bolivia, sino para qué se utilizará, cuáles serán sus condiciones y de dónde saldrán los recursos para devolverlo. Un préstamo destinado a fortalecer la capacidad productiva puede contribuir al crecimiento; uno que únicamente cubra desequilibrios recurrentes, sin corregir sus causas, corre el riesgo de prolongar la dependencia financiera.
En ese escenario aparece el Fondo Monetario Internacional y el debate sobre sus recomendaciones. Las políticas asociadas a programas de ajuste pueden incluir reformas fiscales, modificaciones de subsidios, cambios en el régimen cambiario y medidas destinadas a reducir los desequilibrios macroeconómicos. Sus efectos, sin embargo, dependen del diseño, la secuencia y la distribución de los costos. Si el peso de la estabilización recae sobre los hogares de menores ingresos, el ajuste puede profundizar las dificultades sociales, especialmente cuando no existen mecanismos de protección suficientes ni políticas de recuperación productiva.
Bolivia necesita recuperar la capacidad de generar divisas, fortalecer sus sectores estratégicos y mejorar las condiciones de vida de la población. Eso exige una política económica que no dependa exclusivamente del endeudamiento ni se limite a medidas temporales. También requiere una estrategia de seguridad que enfrente la delincuencia y el narcotráfico, junto con instituciones capaces de actuar con eficacia y dentro de la ley.
En definitiva, el problema económico no se resuelve con parches sucesivos ni con la expectativa de que nuevos créditos solucionen las dificultades acumuladas. Si el dólar vuelve a presionar, los alimentos siguen encareciéndose, la inversión enfrenta mayores riesgos y el Estado no consigue ampliar la producción ni sus ingresos, la incertidumbre continuará trasladándose a los hogares.
Porque un país no sale de la crisis simplemente consiguiendo más préstamos, anunciando acuerdos internacionales o endureciendo las medidas de seguridad. Sale cuando recupera su capacidad productiva, genera empleo, garantiza el acceso a los alimentos y permite que sus ciudadanos vivan con mayor estabilidad. De lo contrario, la economía seguirá atrapada entre la deuda, la pérdida de poder adquisitivo y una sucesión de medidas coyunturales que dejan intactos los problemas de fondo.


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